¿Hasta cuándo?

Covid-19 ha dejado imágenes indelebles en la memoria. En mi caso, una de las más conmovedoras fueron los videos de conciertos de aplausos y música clásica desde balcones y techos en Italia en honor de los trabajadores del sector salud.

Las metrópolis del mundo, desiertas de transeúntes, se convirtieron en teatros a las ocho de la noche para halagar a aquellos héroes que día tras día arriesgaron sus vidas para salvar las de otros.

Irónicamente, dieciocho meses después de que esta plaga se apoderara del planeta, muchos de esos mismos “héroes” han sido despedidos en las últimas semanas en EEUU por rehusarse a la vacuna del Covid-19 tras un mandato presidencial.

Aunque apoyo esta decisión ya que las cifras de hospitalización y muertes desde el pasado julio han estado por encima de 95% en el grupo de personas no vacunadas, también entiendo que el bombardeo de conspiraciones en las redes sociales, combinado con los incontables errores de comunicación y ejecución de políticas de salud pública por parte de las autoridades han alimentado la desconfianza en la vacuna.

Sin ánimo de predicar, les voy a compartir una historia personal. Mi mamá, mi esposo y yo nos pusimos la primera dosis de la vacuna Moderna en enero de 2021. Mes y medio después de la segunda dosis, mi mamá sintió confianza de viajar a Colombia.

El viernes 21 de mayo ella regresó a Estados Unidos en compañía de una de sus hermanas. El sábado 22 mi tía se puso la primera dosis de la vacuna y el domingo 23 mostró síntomas de reacción aparentemente normales. Tengan en cuenta que ambas presentaron las pruebas negativas en el aeropuerto antes de viajar.

Al ver que la fiebre y desaliento no daban tregua, el martes 25 de mayo le hice una prueba casera de Covid a mi tía la cual salió positiva. El miércoles 26, mi hijo de 10 años también salió positivo luego de llevarlo al doctor por un dolor de garganta.

El viernes 28, mi esposo y yo nos hicimos una prueba casera y salimos positivos. Los síntomas fueron rasquiña en la nariz y estornudos que levantaban el techo de la casa.

La única persona en nuestro grupo familiar a quien no le hicimos prueba fue a mi mamá porque no mostró síntomas y mantuvo la máscara puesta todo el tiempo.

Mientras mi hijo, mi esposo y yo nos recuperamos completamente al cabo de tres días, mi tía empeoró. A pesar de ser una mujer activa de 60 años y sin ninguna enfermedad crónica, el lunes 31 de mayo fue admitida en la unidad de Covid del hospital Baptist South de Jacksonville.

Los siguientes tres días fueron una tortura y toda mi familia estuvo en cadena de oración. El miércoles 2 de junio fue dada de alta, pero necesitó estar conectada a una máquina de oxígeno 24 horas al día por las siguientes dos semanas. El 25 de junio mi tía se puso la segunda dosis de la vacuna y cuatro meses desde su recuperación, según ella, la debilidad persiste.

Debo admitir que, cuando la vacuna fue aprobada en Estados Unidos para uso de emergencia en diciembre del año pasado, tuve mis dudas. Quería esperar a que las compañías farmacéuticas pudieran realizar más estudios sobre los efectos secundarios de la misma.

Sin embargo, después de haber sido testigo de la gravedad con la que el Coronavirus ataca a una persona sin vacuna, sufriendo para respirar como un pez fuera del agua, comparado con la levedad del virus en una persona vacunada, no puedo evitar contar esta historia.

Volviendo al caso de los mandatos de vacunación en Estados Unidos y en el mundo, los cuales fueron reglamentados con el sub-texto: “la vacuna es la clave para volver a la normalidad”, la realidad es que han resultado un paquete chileno.

Por ejemplo, a pesar de tasa de vacunación por encima del 75% y tasa promedio de mortalidad de 2.7% por 100.000 habitantes por semana según cifras del CDC, muchas restricciones continúan en Estados Unidos.

Aunque desconfío de los videos virales en redes sociales, en las últimas dos semanas han salido a la luz varios procedentes de Australia, en los que muestran a personas siendo arrestadas por quitarse la mascarilla para fumarse un cigarrillo en la calle.

Como lo he dicho antes, soy una persona que acata las leyes y autoridades gubernamentales, pero al mismo tiempo cuestiono el atropello a las libertades civiles.

Por esta razón, luego de vacunas, máscaras y mandatos, ¿hasta cuándo vamos a seguir viviendo bajo el dominio de Covid-19?

Gracias por leer y compartir.

Xiomara Spadafora