Camino al Altar

XiomaraSpadaforaDelamano

El sábado pasado mi esposo y yo asistimos a una boda preciosa. Planeada a la perfección y exuberante en simpleza, permitió que el amor fuera el invitado de honor. La joven pareja intercambió promesas al frente de un río, con familiares y amigos como testigos, y se embarcaron en una emocionante travesía.

El padre de la novia, nuestro amigo, le dijo algo a su hija y al novio cuando la entregó en el altar pero nadie alcanzó a escuchar porque el viento soplaba muy fuerte. Luego, durante la recepción, le pregunté y me dijo, “Simplemente les pedí que siempre recordaran la felicidad de este día, pues los ayudaría a pasar los momentos difíciles“.

Para esa hora, ya me había tomado varios tequilas así que se me encharcaron los ojos en un segundo y me imaginé hablándole a mi hijo y a su futura esposa en algunos años.

Debido a que me casé con un hombre mayor que yo, los eventos normales de la vida se me han adelantado. Por ejemplo, los hijos de nuestros amigos se están casando; en menos de seis meses hemos ido a dos bodas. Aún más, uno de esos amigos va a ser abuelo en mayo. También, por medio de los hijos de mi marido, he vivido–o mejor dicho sobrevivido- la etapa posterior a la niñez.

Con mi hijastro, me gradué en la rebeldía de la adolescencia y experimenté lo que se siente cuando el polluelo abandona el nido. Jamás olvidaré la imagen de mi esposo, hace casi cinco años, con nuestro bebé de dos meses en los brazos, despidiendo a su hijo para irse a la universidad. Y con mi hijastra, estoy viviendo los años de mujercita. Se gradúa de bachillerato en un año y me divierte con su torpeza al manejar y con preguntas sobre ropa y maquillaje.

Eso sí, este par de muchachos tienen algo muy claro: si se atreven a convertirme en abuela putativa antes de cumplir los 40 años ¡los mato!

Ahora, volviendo al tema del matrimonio y lo que representa, las estadísticas más recientes de la industria de bodas en Estados Unidos muestran que, hasta 2014, el costo promedio de un matrimonio es $31,000 dólares. Casar a un hijo es uno de los peldaños más importantes en la descripción del trabajo de los padres. Esa fue una de las bromas que nuestro amigo hizo sobre su hija y lo que le dijo a su nuevo yerno, “¡Felicitaciones mijito. Ella ahora es su problema!

Me imagino que cuando el hijo de uno se casa–sobre todo si tiene treinta o más años–uno debe sentir que se quita un peso de encima, pues es como encontrar una niñera que lo va a cuidar toda la vida.

El sábado pasado también me trajo recuerdos de mi matrimonio. Mi esposo y yo somos las mismas personas de hace ocho años–a excepción de mi peso pues tengo diez libras de más. Aunque feliz, alcancé a pensar que había resultado alérgica al matrimonio pues me enfermé y necesité dos cirugías —vesícula y una glándula de sudor—en los primeros seis meses de casados. Hasta tuvimos que posponer la Luna de Miel. Mi marido me decía, “¿Tienes garantía? ¡Voy a buscar el recibo para devolverte porque me saliste muy defectuosa!

Pero a pesar de los obstáculos, día a día aún caminamos tomados de la mano. La única diferencia es que hay un par de manitas en medio de los dos, las cuales tenemos que apretar y guiar con nuestro ejemplo.

La vida nos ha retado varias veces y nos ha lanzado unas bolas curvas que nos han dejado moretones en el pecho. En el matrimonio no se puede esquivar, hay que batear lo que venga. Pero como dijo el padre de la novia, la felicidad del día de nuestra boda nos ha ayudado a sacarla del estadio.

Honestamente, yo creo que si la pareja no se casa “loca de amor” el día de la boda—es decir, que si lo único que querían era “echarle el lazo a un marrano o marrana” –no importa cuánto dinero cueste la fiesta o los trajes, el final feliz del cuento se queda en el tintero. Porque el amor no es una fantasía, sino una realidad, si es verdadero.

Gracias por leer y compartir.

Xiomara Spadafora

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