¡Tiburón!

Xiomara Spadafora Tiburon

Empezó el verano y con éste mi martirio para mantener a mi hijo entretenido durante las semanas que no tiene vacaciones recreativas. En el pasado, solía sentirme culpable por permitirle mirar mucha televisión o iPad, pero ya se me pasó; iPad es la mejor y más barata niñera del mercado y lo mejor, ¡nunca pide que le suban el sueldo!

Hablando en serio, el verano me llena de nostalgia y hace que extrañe mi país más que nunca. Me entristece ver a mi hijo pegado a una pantalla o jugando solo en lugar de estar jugando con sus primitos y sus tíos durante las vacaciones como lo hacía en mi infancia. Cada vez que vamos a nadar, mi hijo tiene que hacer nuevos amigos y aunque casi siempre la pasa bien, no falta la mosca en la leche.

El jueves pasado fue el último día de escuela en nuestro condado y la piscina estaba a reventar. Cuando entramos, los ojos de mi hijo brillaron de alegría porque finalmente estaba rodeado de niños. Lo embadurné de bloqueador solar como un mimo y salió corriendo a saltar en el agua como un perro Labrador.

Me senté en el borde de la piscina con mi sombrero y gafas de sol como si fuera una espía. Aunque él es un buen nadador, quiero protegerlo en el agua. Además, debido a su alta estatura, los niños con lo que juega son siempre mayores que él, así que me gusta estar pendiente de las conversaciones sin ser una mamá helicóptero que no le permita socializar normalmente.

Tan pronto se metió al agua, un niño se le acercó, le preguntó su nombre y si estaba en la clase de Miss Fulanita. Mi hijo le respondió, pero por obvias razones no sabía a qué profesora se estaba refiriendo. Entonces, él le dijo que tenía cinco años y que estaba en pre-kinder con lo que todos los niños se asombraron.

Al cabo de cinco minutos, el mismo niño que lo saludó inicialmente empezó a jugar con brusquedad y a empujar los niños por debajo del agua. Volteé a mirar a los papás y ambos estaban en un “coma” tecnológico pegados a sus celulares mientras su angelito se adueñaba de la piscina.

Disimuladamente me metí al agua y el muchachito le preguntó a mi hijo si yo era su mamá; cuando mi pequeño le dijo que sí, éste nadó en la dirección opuesta. Me salí de la piscina y en menos de lo que cantó un gallo, el mismo escuincle le rapó las gafas de agua a mi hijo lastimándole las orejas. Mi hijo le dijo firmemente que no hiciera eso y en lugar de devolverle las gafas con modales, se las arrojó en la cara y le dijo, “¡Eres un idiota!”

Mis instintos maternales aceleraron de 0 a 100 kilómetros por hora como si fuera un guepardo en cacería, pero alcancé a frenarme y simplemente le dije a mi hijo que se acercara a mí. Con la mirada de un gallito de pelea me dijo, “¡Voy a decirle a ese niño que él es muy malo!”, pero yo lo calmé y le dije que no le diera importancia.

Nos metimos a la piscina y al cabo de unos minutos, el “bully” se convirtió en su propia víctima, pues se le atoró un pie en una de las escaleras de metal de la piscina y comenzó a llorar y a gritar “¡Llamen al 911!” desesperadamente. En medio de la emergencia, los papás ni se pararon de sus sillas. Finalmente, una mujer que estaba cerca de ellos les llamó la atención y se acercaron a ayudar a su hijo.

Yo sé que no tengo derecho de juzgar a nadie, pero, ¿sería mucho pedir que los papás le presten atención a sus hijos cuando están en lugares públicos? No solo se trata de controlar malos comportamientos, sino de evitar peligros innecesarios a los que se exponen los niños, especialmente cerca del agua. Según cifras del Centro de Control de Enfermedades de Estados Unidos, el ahogo en las piscinas es la causa principal de muerte no intencional en niños entre 1 y 14 años. (*)

En conclusión, mi hijo no se traumatizó con la grosería del niñito ese pues ni siquiera sabe lo que significa la palabra idiota. Sin embargo, no pude evitar sentir tristeza y rabia. Mi hijo está creciendo más rápido de lo que esperaba y quiere comportarse como un niño mayor, pero me rehúso a que pierda su inocencia antes de tiempo.

Al final, todo lo ocurrido me sirvió para enseñarle una lección de seguridad en la piscina y de buenos modales. Lo único que espero es que ese niño malcriado se mantenga alejado de mi hijo si nos lo volvemos a encontrar. De lo contrario, me aseguraré de que su recuerdo de este verano se convierta en la temible película Tiburón.

Gracias por leer y compartir.

Xiomara Spadafora

Referencia: (*) CDC

Esta columna fue patrocinada por Zellner Insurance Agency. Muchas cosas en la vida no tienen seguro. Para todo lo demás, llama a Zellner (888) 208-8119

3 comentarios en “¡Tiburón!

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