Paraíso sin Control

Paraiso sin control Xiomara Spadafora

El 2018 arrancó y con éste la rutina de trabajo y del colegio de mi hijo. No obstante, yo sigo en vacaciones mentales en un paraíso del Mar Caribe colombiano.

Por primera vez en los casi 13 años de mi autoexilio en Estados Unidos y con el patrocinio de mi adorada Abuela, tuve el privilegio de recibir el año nuevo rodeada por toda mi familia materna en La Heroica.

Desde el 30 de diciembre hasta el pasado sábado, 6 de enero, respiré profundo el aire tibio de Cartagena de Indias y comí pescado y mariscos hasta que me salieron escamas.

Bailé, canté y disfruté a plenitud el olor característico de la Costa, el cual resumo en una mezcla de plátano frito, sal, sudor y ron. Me divertí viendo a las personas tomándose selfies en todas las esquinas y me emocioné de ver a tantos extranjeros admirando la belleza sin par del corralito de piedra.

Ahora, si bien es cierto que Cartagena ha sabido aprovechar su explosión turística–alcanzando casi medio millón de visitantes nacionales y extranjeros al año–el gobierno local adolece en las políticas de control para el uso y la sostenibilidad de las playas de la ciudad y las islas aledañas.

Para la muestra un botón. Mi familia alquiló un bote privado para visitar el archipiélago de las Islas del Rosario. La primera parada fue aproximadamente a las 10:30 de la mañana en el Acuario, al cual no entramos esta vez porque mis familiares, incluyendo mi hijo, prefirieron hacer snorkeling.

Debido a que comí más de la cuenta como lo dije anteriormente, ese día mi estómago entró en huelga. Me acerqué a la ventanilla de la entrada para preguntar dónde estaba el baño a lo cual la recepcionista me contestó: “Son $5.000 pesos” ($1.6 dólares).

La segunda parada fue antes del mediodía en la isla Playa Azul, la cual había sido promocionada como un paraíso. El único problema es que parecía una plaza de mercado, abarrotada de isleños sentados en sillas plásticas o vendiendo mercancías o bebidas, quienes impedían el paso de los turistas.

Mientras buscaba donde sentarme en la playa, volví a sentir el afán de ir al baño. Pregunté dónde quedaba y antes de entrar en la caja plástica portátil de color azul, una muchacha se me acercó con un rollito de papel higiénico diciéndome “Son tres mil barras” ($1 dólar). Como tuve que ir dos veces el chiste me costó $6,000 pesos ($2 dólares).

Al cabo de una hora, salimos hacia la tercera y última parada en la isla del resort Sport Barú donde almorzamos. Aquí, el uso del baño me imagino estaba incluido en la cuenta del almuerzo porque nadie saltó a cobrarme.

Los colombianos somos reconocidos en el mundo por ser trabajadores y “rebuscadores”, lo cual es una cualidad muy especial. Sin embargo, la “viveza” de la población en estas zonas turísticas deja en evidencia que el gobierno local no es capaz de satisfacer necesidades básicas de salubridad.

En las Islas del Rosario como en muchos otros lugares de vacaciones de Colombia, la presencia del Estado es invisible y la protección de los parques naturales nacionales queda en manos de algunos ciudadanos locales que se esmeran por cuidar su patrimonio y el balance de estos delicados ecosistemas.

Los gobernantes de la Costa Atlántica colombiana no han aprendido a respetar la naturaleza y en su afán de atraer más visitantes van a terminar matando la gallinita de los huevos de oro.

Si hay algo que vale la pena aprender de los Estados Unidos es la administración de sus playas. El manejo de las basuras, los baños y duchas públicas, el estricto ordenamiento territorial y la presencia de las autoridades, tanto en la arena como en las vías marítimas, garantizan el equilibrio entre las personas y el medio ambiente.

La biodiversidad de Colombia, única en el planeta Tierra, es un motivo de orgullo pero también una inmensa responsabilidad. Cuidémosla.

Gracias por leer y compartir. ¡Feliz Año Nuevo!

Xiomara Spadafora

Esta columna fue patrocinada por Zellner Insurance Agency. Muchas cosas en la vida no tienen seguro. Para todo lo demás, llama a Zellner (888) 208-8119

5 comentarios en “Paraíso sin Control

  1. Anónimo

    Nadie niega que Cartagena es una de las ciudades emblematicas de nuestro pais, pero si se la robaran menos y hubiera menos miseria otra seria la historia.
    Hermosa toda Colombia y ahi seguiremos los colombianos dando la lucha sin perder el animo que nos caracteriza.
    Muy bonita y bien contada historia.
    Feliz 2018 y seguire siendo tu fiel lectora semana a semana!

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  2. Anónimo

    Amiga,hay que salir fuera del país,para darnos cuenta lo que somos: sin disciplina,sin puntualidad, sin organización,sin orden,sin métodos ni hábitos todo esto ha sido la base de nuestra cultura, no podemos echarle la culpa a nadie pero si podemos corregirlos.

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  3. Anónimo

    Quierida amiga tu lo estas diciendo el manejo de basuras y desechos debe ser controlsdo como en los estados unidos pero recuerda q el baño del acuario esta incluido para las personas q entran tu tomaste la desicion de o entrar por lo tanto debes pagar esa suma q o es costosa para el lucar donde pensabas dejar tus desechos organicos 45 millas mar abierto en un parque natural submarino donde toca mitigar el dańo ambiental q produce tu desecho controlado con bacterias traidas de tu pais y q son bastante costosas .mas claro es un bańo ecologico a mar abierto por lo tanto no deberias quejarte por los 5 pesos mas bien

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