Respirar Profundo

Mi Vida Gringa Respirar ProfundoVer a mi hijo reír, me hace reír. Ver a mi hijo dormir, me tranquiliza. Pero verlo respirar cuando está en plena batalla con su asma, hace que mi propia tráquea se constriña elevando mi ansiedad a un punto imposible de soportar. Durante las pasadas dos semanas, le he rogado a mi hijo que no grite ni corra, lo cual me hace sentir como una idiota pues es como pedirle a un ave que deje de volar.

Este ataque de asma, el peor de su corta vida, le nubló el cumpleaños y lo ha mantenido rehén—al igual que a mí–en la casa por varios días. Aunque ha estado de mal humor y muy agitado debido al efecto de los broncodilatadores, por primera vez le agradecí a Dios por su terquedad, pues a pesar de sentirse tan mal, no dio su brazo a torcer.

El sábado pasado disfrutó su fiesta de cumpleaños al máximo. Saltó en los trampolines como un canguro escapado de un zoológico, jugó con sus amigos y se comió dos pedazos de pizza y por lo menos cinco cupcakes.

Sin embargo, después de la calma llegó la tormenta. El domingo por la noche terminamos en la sala de emergencia y otra vez, recibimos el mismo diagnóstico, tratamiento e instrucciones de salida, las cuales también nos había dado su medico pediatra como un disco rayado. Sin importar lo miserable que se sentía mi pequeño–no podía completar una frase de cinco palabras–el médico de turno nos dijo, “El niño no está tan ahogado”.

Con todo el respeto hacia los profesionales de la salud, yo entiendo que deben concentrarse en seguir protocolos para salvar las vidas que tienen en sus manos y por esto “humanizarse” con los pacientes es como pedirle peras a un olmo. Pero, ¿será posible tener un poquito de compasión con los papás de niños pequeños, los cuales llegamos a un hospital con el corazón en la mano e imaginando lo peor?

Honestamente, lo único que pido es un poco de perspectiva. Por ejemplo, si el médico me dijera, “A menos que su hijo se ponga morado como una berenjena, no se va a morir”. Aunque se escuche horrible, si comparo eso a la imagen de mi hijo con los cachetes rosaditos, mi angustia se disiparía. Pero cuando lo único que recibo son palabras a medias untadas de desdén, las dudas me embargan y los silbidos en el pecho de mi hijo me ponen los pelos de punta.

Al salir del hospital, se me acabó la paciencia y decidí agarrar el toro por los cachos. El lunes a primera hora, transferí a mi hijo a una nueva pediatra y agendé una cita para esa tarde. Cuando la conocimos, la doctora lo revisó de pies a cabeza, me hizo preguntas que nunca me habían hecho e inmediatamente refirió a mi hijo a un especialista de pulmón para ahondar en su condición.

Además de ser muy profesional, lo que más me gustó fue que la doctora estuvo presente, en cuerpo y alma, durante la examinación. No soy quien para decir que un médico es mejor que otro, pero mirar a un paciente como un ser humano y no como un número en una carpeta, es algo que no se aprende en un salón de clase.

Por fin siento que la situación es manejable y que no necesito comprar una sierra eléctrica para talar todos los árboles alrededor de mi casa por miedo al pólen y los alergenos.

Ayer, luego de solo dos dosis de las nuevas medicinas, mi hijo pudo volver al colegio. Cuando lo recogí por la tarde, lo escuché reírse a carcajadas con sus compadres del colegio y lo vi correr hasta la salida. Al subirse al carro, vi sus mejillas rosaditas y sus ojos brillando de alegría. Por primera vez en dos semanas, los dos pudimos respirar profundo y disfrutar un hermoso día de primavera.

Xiomara Spadafora

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Columna patrocinada por Active Life Chiropractic. El Mejor Equipo en la Florida Central. Haga una cita hoy (352) 383 – 2530

 

3 comentarios en “Respirar Profundo

  1. Maria

    Muy buena y sentida columna, no porque tu niño haya estado enfermo, sino para sentar un precedente y hacer un llamado a los médicos a que sean un poco humanos, aunque ellos crean que en este país es muy difícil por la cantidad de niños que tienen que atender a diario. Gracias a Dios la calma esta otra vez de tu lado!

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