Un Regalo Gratis

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Empezó la época navideña y con ésta los comerciales del hospital bandera de la lucha contra el cáncer infantil en Estados Unidos (St Jude’s Children’s Research Hospital). Aunque los he visto miles de veces, no puedo evitar que se me encharquen los ojos. Las caritas de los pequeños ángeles batallando esta terrible enfermedad me conmueven, ya que Dios me ha bendecido con un hijo sano.

Estos comerciales también me recuerdan algo que pasó antes de Acción de Gracias. El colegio de mi hijo envió un email a todos los padres de familia  pidiendo nuestra colaboración para ayudar a una familia que estaba pasando por una calamidad. Su hija, una niña de quinto de primaria, fue diagnosticada con leucemia recientemente.

Esa tarde recogí a mi hijo y cuando se subió al carro lo primero que me preguntó fue, “¿Mami, qué es cáncer?” Le expliqué con palabras simples y al final me dijo, “¡El cáncer es una chanda!“.

Estoy segura de que mi hijo no entiende la gravedad del diagnóstico, pero para él, el hecho de no poder ir al colegio y no jugar con sus amigos significa el fin del mundo.

La semana pasada me acordé de la niña enferma, pero como no conocemos su familia, la única manera de saber cómo está es por medio del colegio. Entonces, por casualidad, me di cuenta que tenía un email sin leer—pensando que era de la asociación de padres pidiendo plata—el cual era una nota de agradecimiento del papá de la niña.

Magistralmente escrita, el padre explicó lo que las donaciones del colegio habían significado para su familia. Además del triste diagnóstico de su pequeña hija, su casa fue afectada severamente por el huracán Matthew y para completar, el padre perdió su trabajo.

Aunque sus palabras transmitían el dolor y la tristeza, también emanaban esperanza. Al final de la nota, el papá se refirió a su fe en Dios y cómo ésta le había dado a él y a su esposa la fortaleza para sobrevivir la crueldad de la vida.

Cuando terminé de leer, me ataqué a llorar. No solo porque me imaginé pasando por su situación, sino porque recordé de cómo mi propia fe me rescató en uno de los momentos más difíciles de mi vida.

Hace seis años, cuando mi esposo tuvo un infarto masivo de corazón, sentí una presencia que me brindaba calma y abrigo en la ambulancia durante el trayecto hasta el hospital. Pensarán que estoy loca, pero estoy convencida que Jesús estaba sentado a mi lado esa fría noche de invierno, porque de lo contrario, habría perdido la cabeza o el bebé en mi vientre.

Para aquellos que no creen en Dios, la fe es una ilusión o un delirio. Pero para quienes creemos, la fe es un regalo y lo mejor de todo, gratis.

Como dice el dicho, ““La fe mueve montañas” y en mi vida es una poderosa fuerza que me acompaña, no sólo en los momentos de dificultad. Cada vez que mi hijo me dice que me ama, o mi esposo me mira como el primer día que nos conocimos, o mi madre me consiente como si fuera todavía una niña, siento el amor de Dios por medio del amor de mis seres queridos.

Destapar regalos en la Navidad es divertido y trae mucha felicidad, sobre todo a los niños. Sin embargo, los regalos que no se pueden empacar, como la fe o el amor de familia, son los primeros que pongo debajo del árbol.

Gracias por leer y compartir.

Xiomara Spadafora

Esta columna fue patrocinada por Zellner Insurance Agency. Muchas cosas en la vida no tienen seguro. Para todo lo demás, llame a Zellner (888) 208-8119

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