El Simple Encanto de Colombia

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Mis fieles lectores se habrán preguntado por qué la semana pasada no publiqué mi columna. La razón, me escapé de la rutina y programé con mi esposo unas vacaciones relámpago en Colombia con motivo de la semana de receso de primavera de nuestro hijo.

En una familia numerosa como la mía los secretos son una misión imposible. Así que con ayuda de mis tíos, pude sorprender a mi mamá con nuestra llegada y aunque por poco la mato de un infarto, logramos un recuerdo inolvidable.

Además del anticipado coma diabético, causado por las delicias gastronómicas que consumimos durante ocho días y sus noches, visitamos dos maravillosos rincones de Colombia: el piedemonte llanero en Casanare y el altiplano Cundi-Boyacense.

Yopal, Nunchía, Aguazul, Tauramena, Pajarito, Tota, Fúquene, Tunja, Tibasosa, Villa de Leyva, Chiquinquirá y Zipaquirá, fueron algunos de los paradisiacos puntos en los que mis ojos se deleitaron con la majestuosidad de sus paisajes.

La fuente desbordante del suelo colombiano deja perplejo a cualquier turista. En El Yopal, Casanare, por ejemplo, la inmensa llanura abarrotada de garzas, ganado y extensiones interminables de cultivos de arroz, son prueba de la riqueza inagotable de este departamento como productor número uno del grano en el país.

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Y en Cundinamarca y Boyacá, la colosal Catedral de Sal de Zipaquirá, la Basílica de Chinquirá y sus cumbres empinadas–conquistadas por el escarabajo boyacense Nairo Quintana conocido en el mundo como “Nairoman”, son muestra de la grandeza de los departamentos que forjaron la independencia de la República hace más de 200 años.

En mi familia materna, de siete hermanos nacidos en Moniquira–la ciudad de los bocadillos y las panelitas, solo uno regresó al campo. Zootecnista de profesión pero con alma terruna, mi tío “El Ciclista” siembra arroz, árboles y paz.

Los días que pasamos en su compañía estuvieron llenos de sosiego y tranquilidad, tesoros que anhelaba para descansar de un mundo agitado y esclavo del reloj.

Durante nuestro recorrido por sus plantaciones, su sabiduría agrícola me dio una lección inolvidable: el arroz solo necesita humedad y temperatura para germinar. Una vez las plantas extienden sus hojitas al sol en la infancia, necesitan nutrientes para crecer y herbicidas para combatir la yerba mala que se empeña en asfixiarlas.

Eso me recordó a la población colombiana, una especie recia como ninguna en el mundo que no se cansa de luchar a diario contra la injusticia social de la burocracia gubernamental, la cual le roba la luz de las oportunidades a millones de familias dejándolas, literalmente, en la oscuridad.

Por ejemplo, el capataz de la finca de mi tío, pasa las noches en la oscuridad con su esposa y tres hijos porque la electricidad no ha llegado al corregimiento de Nunchía. Cuando me enteré de esto, le di un sermón a mi hijo para que valorara nuestras comodidades y lo pensara dos veces antes de quejarse cuando el iPad se quedara sin pila.

El simple encanto de Colombia está en viajar por sus carreteras al ritmo de música llanera o vallenatos de Escalona. El verdor y las curvas de las cordilleras me llenaron el alma de algo indescriptible. También me recordaron la adolescencia geológica de Colombia, la cual, impide el desarrollo de una infraestructura vial que logre aguantar desastres naturales como derrumbes y crecientes de los ríos.

Pero aunque el reto topográfico es de gran magnitud, el ingenio colombiano podría superarlo si las manos largas de los “ilustres padres de la patria” no se apropiaran de las regalías de los departamentos más ricos del país, gobierno tras gobierno, como si los cheques estuvieran girados a su nombre.

El domingo pasado me monté al avión, como siempre llorando, para regresar a Mi Vida Gringa. No importan los años, la nostalgia siempre será la misma. ¡Nos vemos pronto!

Gracias por leer y compartir.

Xiomara Spadafora

Esta columna fue patrocinada por Zellner Insurance Agency. Muchas cosas en la vida no tienen seguro. Para todo lo demás, llame a Zellner (888) 208-8119

2 comentarios en “El Simple Encanto de Colombia

  1. Anónimo

    Que bonita experiencia y una columna llena de detalles con mucho sentimiento. Jamás debemos olvidar nuestras raíces, es el legado que podemos dejar a nuestras siguientes generaciones. Feliz día Mi Vida Gringa!

    Le gusta a 1 persona

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