Garras de Águila

El próximo lunes es el festivo Memorial Day. A diferencia de Colombia –que tiene días feriados para todos los santos católicos, y festivales con reinado incluido para todos los granos, vegetales y frutas– en Estados Unidos apreciamos los pocos “holidays” o puentes que hay. Este fin de semana prácticamente inicia el verano de 2015 y con este, el desfile de personas que les encanta mostrar sus atributos en camisetas esqueleto y sus garras de águila en sandalias.

Divertido como es, el verano para mi es sinónimo de vestido de baño, lo cual significa “cerrar el pico” para no lucir como una ballena orca en bikini. Para mi marido el verano significa 18 hoyos y un bronceado perfecto de golfista –brazos, piernas y cara de color dorado, y tórax y rabo de color mozarella. Y para nuestro hijo de cuatro años, el verano representa libertad de todo, especialmente de mí.

Creo que sus ínfulas de emancipación nacieron la semana pasada en la piscina de nuestra comunidad. Con la ayuda de unas aletas de bucear que le prestó un amiguito, de repente mi renacuajo soltó mis manos y empezó a patalear sin cesar hasta que alcanzó el borde opuesto.

Quedé en choque. No solo por el hecho de que lo había logrado, sino porque lo hizo solo. Desde ese momento, mi pequeño pegó un Grito de Independencia y empezó a contestarme “Yo puedo hacerlo solo Mami” cada vez que trato de ayudarlo a abrir un paquete de gomitas.

Además de la libertad que siente al nadar, el verano libera a mi hijo de vestirse “de punta en blanco” todos los días. Este calor infernal –como dice mi Mamá– “seca un papayo” así que las medias, los zapatos y la ropa que requiera más esfuerzo que una camiseta para ponerse, quedan guardados en el clóset.

Aunque prefiero morirme antes de vez a mi hijo vestido como un “corroncho”, la alternativa es correr detrás de él para vestirlo y terminar como una yegua después de una carrera; sudada y despeinada.

Además del calor, el verano representa mi cumpleaños. En un par de semanas voy a soplar una velita más y ya siento el paso del tiempo, sin misericordia. Mi cuerpo ha cambiado tanto y muchas cosas ya no “cuelgan” como antes. Hasta la hipermetropía que he tenido desde la niñez parece que se está conÁvirtiendo en presbicia prematura, porque hace unos días casi me quedo ciega haciéndome las uñas. Mi esposo se burla diciéndome “¿Seguro que vas a cumplir solo 35 años? Yo quiero ver el certificado de nacimiento original“. Sin embargo, ciega, sorda o muda todavía me mira como yo fuera una galleta de chocolate.

Pensando en mi deseo de cumpleaños este verano lo único que pido es aprender a ver la vida a través de los ojos de mi hijo. Quiero liberarme de las ataduras de la cotidianidad–del secador y las cremas peinadoras–y disfrutar el verano como él lo hace.

La gente dice que la vida es corta; ¡para nada! Yo digo que la vida esta hecha a nuestra propia medida, y si se alarga eternamente, es por vivir en la amargura. Así pues, ¡a disfrutar del sol se dijo! pero eso sí, con pedicure porque las garras, se quedan en casa.

Gracias por leer y compartir.

Xiomara Spadafora

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