“Todo lo que puede suceder, sucede” Parte I

La familia de mi esposo está repartida por todo Estados Unidos. El hermano mayor vive en Texas, la hermana en Missouri, el hermano del medio en Ohio, y nosotros en la Florida. Desde la muerte de mi suegra hace cinco años, nunca se había reunido la familia completa. Por esta razón, se propusieron lograrlo este verano.

El plan consistía en compartir cinco noches y seis días –empezando el domingo—en el famoso balneario de la Florida llamado Destin, que queda en el Golfo de México. Mi esposo tiene un amigo que vive cerca a esa ciudad así que decidimos que el “combo”–mi esposo, su hija de dieciséis años, nuestro hijo de cuatro años y este pechito– viajara el sábado en lugar del domingo para visitarlo y pasar la noche en su casa.

Para matar dos pájaros de un solo tiro, aprovechamos para visitar al hijo mayor de mi esposo quien vive en Tallahassee –ciudad intermedia entre Jacksonville y Destin. Todo iba acorde con el plan hasta que nos dimos cuenta del goteo debajo de nuestra camioneta Jeep Grand Cherokee. A pesar de que ningún testigo del tablero del carro estaba prendido, mi esposo buscó el concesionario de la Jeep más cercano para que la revisaran.

Nos despedimos de mi hijastro y llegamos a la Jeep “apretando calao”. Infortunadamente, el taller ya estaba cerrado y el gerente ya había terminado su turno. Lo único que podíamos hacer era dejar el carro en el concesionario y rentar un auto provisional para llegar a la reunión familiar. Luego de dos horas de espera –mi esposo tuvo que ir a tres rentadoras para encontrar un carro que tuviera un baúl suficientemente grande para acomodar nuestro equipaje—decidimos no visitar al amigo de mi esposo, sino seguir derecho para Destin.

Reservamos una habitación en un hotel a 20 millas de nuestro destino final. Cuando llegamos, lo único que queríamos era bañarnos y ordenar algo de comer a la habitación. Sin embargo, cuando busqué la maleta de mi hijo nos dimos cuenta de una cruel realidad: se nos quedó en la casa.

Como en el programa Laura en América, mi esposo y yo empezamos a discutir culpándonos por el terrible olvido, pero al final, los dos reconocimos nuestra parte de la culpa. En mi defensa quiero decir que la gritería de mi marido el sábado por la mañana “Vamos, vamos, vamos” como si estuviera arriando vacas, hizo que se me olvidara revisar el cuarto de mi hijo antes de salir.

Para no alargar el cuento, mi hijastro nos salvó el paseo. Se fue para Jacksonville el sábado en la noche a recoger la maleta, se quedó a dormir en nuestra casa, y se madrugó al día siguiente para Tallahassee, donde nosotros ya lo estábamos esperando. Cuando llegamos a su casa, mi hijastro tenía la maleta de mi hijo en una mano y una tarjeta de cumpleaños para mí en la otra. Así es; el domingo era mi cumpleaños.

Cuando lean esta historia todavía estaré en Destin con mi “familia de ley”–como se traduce in laws al español. Al pensar en el tema de la historia de esta semana, otra ley se me vino a la mente: La Ley de Murphy. Conocida popularmente desde la década de 1950 como “Si algo puede salir mal, saldrá mal” esta ley parece el enunciado perfecto para la cadena de eventos del fin de semana pasado.

Sin embargo, leí más sobre esta ley y encontré que un matemático Británico, Augustus De Morgan, escribió una conclusión sobre sus experimentos casi un siglo antes –junio de 1866—la cual enunciaba la ley de una manera más simple: “Todo lo que puede suceder, sucede”. Esta versión me gusta más, pues así veo la vida, sin pesimismo.

A medida que pasan los años, he comprendido que aunque trate de controlar las circunstancias a mi alrededor, el resultado no siempre está en mis manos. Lo que sí puedo controlar son mi reacción y mi actitud frente a los desafíos que me presenta la vida. Es cierto, se nos varó el carro, pero llegamos al concesionario. La alternativa podía haber sido quedar tirados en medio de la carretera y haber tenido que esperar por dos horas, en un calor infernal, la llegada de una grúa. También se nos quedó la maleta de mi hijo en la casa, pero pudo haber sido la mía y en ese caso estaría escribiendo el obituario de mi esposo y no este blog.

Al final del domingo “accidentado”, comí ponqué y soplé mis velitas. Por primera vez desde que tenía cuatro años, 19 personas cantaron el Happy Birthday y me hicieron sentir como una estrella. Por obvias razones mi deseo fue pasar una semana de vacaciones sin más contratiempos. Si se cumplió o no, les cuento la próxima semana.

Gracias por leer y compartir.

Xiomara Spadafora

Volver a xiomaraspadafora.com

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