“¡Pero claro que sé prender la lavadora!”

Cuando lean esta historia, mi hijo y yo estaremos en el Aeropuerto Internacional de Orlando próximos a abordar el avión de Copa Airlines con destino a Bogotá, Colombia. Por primera vez en los 10 años que llevo viviendo en Estados Unidos desde que me mudé en 2005, estaré en mi ciudad natal por un mes completo. Si yo estaba como un “marrano estrenando lazo” de la felicidad antes del viaje, imagínense a mi Mamá –soy su única hija y mi hijo es su único nieto. Ahora, si bien es cierto mi alegría era incontenible, también me embargó la ansiedad de dejar a mi marido a cargo de las labores del hogar y de mis perritos, Rusty y Sasha.

Mi esposo es el hombre más inteligente que he conocido en mi vida; por algo se casó conmigo. Sin embargo, esa mente maravillosa se enreda al enfrentar los retos más simples del mundo como abrir un paquete de papas fritas o un tarro de almendras. Inexplicablemente, mi esposo no puede controlar su fuerza “Herculina” lo que hace que las papitas salgan volando por la estratosfera cual cohete espacial.

Sin exagerar, casi siempre que mi marido abre un paquete de caladitos lo escucho gritar “¡Sashaaa!” y la “aspiradora de cuatro patas” sale corriendo a recoger el desastre del piso.

Por su puesto, abrir paquetes es la punta del iceberg cuando me refiero a la falta de “tacto” de mi esposo para hacer cosas alrededor de la casa. Desde el momento que me levanto de la cama a las 6:30 a.m., me convierto en una meteoróloga del Weather Channel en persecución del tornado “Cónyuge”, siguiendo su camino de destrucción.

La primera parada es cuando voy a servir mi cafecito y encuentro que el mesón donde está la cafetera –y muchas veces también el piso– está adornado con granos de café y azúcar, y goteras de café por doquier. Luego, me paro al frente de la estufa a hacerme mis huevitos revueltos y me doy cuenta que mi marido comió huevos del tamaño de Gulliver pues es la única manera de explicar por qué le echa sal y condimentos a toda la estufa y al mesón adyacente. ¡Dios bendiga mi aspiradora de mano! Para terminar, el coletazo de este tornado alcanza hasta las manijas del refrigerador con una sustancia violeta adhesiva; mi marido le echa mermelada tanto a las tostadas como a las plantas de sus manos.

Otra habilidad en la que mi “alma gemela” necesita hacer un master cuando está solo, es aprender a hacer mercado para una sola persona y no para un equipo de fútbol, incluyendo los entrenadores y las porristas. Recuerdo cuando éramos novios y abría la nevera de su casa, parecía que estuviera alimentando a una familia de refugiados. El cajón de las carnes frías permanecía lleno hasta el tope con quesos y jamones de todas las clases –incluyendo los de hongos no gourmet sino podridos. En el cajón de las verduras y las frutas crecía un jardín hidropónico, pues a los tubérculos y guisantes se llenaban de raíces. La puerta de la nevera parecía un estante de supermercado con toda clase de salsas y aderezos. Y se podrán imaginar la alacena.

Estoy segura que la Cruz Roja tenía el celular de mi marido en sus contactos de emergencia, por si acaso se acababan los enlatados de ayuda humanitaria en el evento de un huracán.

Adoro a mi esposo y aunque me burlo de él, sé que va a estar bien. Él nos va extrañar y nosotros lo vamos a anhelar más. Pero los que más van a sentir nuestra ausencia son mis perritos. Daría lo que fuera por saber qué pensaban de quedarse solos con Daddy. Tal vez me dirían: “Tranquila mami, podemos tomar agua del sanitario si a Daddy se le olvida darnos”, o “Vamos a tratar de hacer pupu en el mismo sitio del patio para que te sea más fácil recoger cuando regreses”, o a lo mejor “¿Nos podemos quedar con los vecinos? ”.

Aunque voy a disfrutar mis vacaciones con mi familia, todo el tiempo estaré pensando en los “pedacitos de mi corazón” que dejé en USA –mis esposo y mis perritos. De pronto hasta los electrodomésticos me van a extrañar. La semana pasada le pregunté a mi esposo “¿Tú sabes cómo usar la lavadora? ” a lo que me respondió “¡Pero claro que sé usar la lavadora!” volteándome los ojos. Pero unos días después mi sospecha fue esclarecida, pues tuvo que meter una camisa a la lavadora–por accidente pues yo no confío la ropa en sus manos–y luego de unos segundos de batalla mental con los botones de la lavadora me tuvo que preguntar “¿Cómo es que se prende esta cosa? ”

Aquí les dejo la lección de esta semana: si usted es mamá, esposa, o ambas cosas, nunca, nunca, nunca piense que está repitiendo mucho sus instrucciones. Así sus seres queridos le volteen los ojos y le hagan muecas cada vez que los encarga de algo, repítalo otra vez; así se vaya de viaje por un mes o a hacer mercado por 20 minutos. Ya les contaré el recuento de los daños cuando vuelva. Por lo menos ya contraté a mi muchacha de limpieza para que venga a “rescatar” mi casita antes de mi regreso. Pero hoy, me voy a relajar, voy a abrochar mi cinturón y el de mi hijo, y nos prepararemos para el aterrizaje en Bogotá.

Gracias por leer y compartir.

Xiomara Spadafora

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