Nunca le dé la Espalda

El día de volver a casa llegó el lunes pasado, y nuevamente lloré como una niña perdida en el avión–después de haber chillado en la casa de mi mamá y en la sala de espera—cuando vi una bandera de Colombia agitándose en el aire a través de la ventana durante el despegue. Uno pensaría que después de 10 años de vivir por fuera decir adiós es más fácil; por el contrario. Se hace más difícil, pues a medida que pasan los años, mi corazón crece al igual que el amor que siento por mi mamá y mi familia.

Otro amor que crece en la distancia, es el amor por las pequeñas cosas que hacen la vida más fácil en Colombia, como los salones de belleza y las empleadas del servicio. Aunque no me veo viviendo en mi país en un tiempo cercano, si sé que allí me voy a jubilar. Yo ya le dije a mi esposo “¡Ni creas que yo me voy a tinturar las canas sola o a limpiar la casa después de mis 50!”.

Ese es uno de los tantos encantos de nuestra Colombia: ir al salón de belleza todas las semanas y tener la ayuda de una buena empleada para arreglar la casa no es un lujo, es un derecho.

Pero antes de que me convierta en una “papa salada” y pierda más la vista, estoy de vuelta en mi vida real y lista para enfrentar el reto logístico que se me viene encima desde el 24 de agosto: el año escolar Pre-Kinder de mi hijo. Durante los dos años anteriores, mi hijo fue solamente dos días por semana al jardín y aun así, la cadena de pasos era como un decatlón olímpico: desayunarnos, darle de comer a los perritos, bañarlo, vestirlo, lavarle los dientes, arreglarle la lonchera, montarlo al carro y abrocharle la hebilla “rompe uñas” de la silla. ¡Ahora imagínense todos los días!

Para completar, ya no voy a trabajar desde la casa sino que voy a ir todos los días a nuestra agencia de seguros. Ahora me tengo que bañar–antes llevaba a mi hijo al jardín en pijama, secarme el pelo, vestirme y emperifollarme. Solo pensar en lo que me espera me produce nauseas. Estoy segura que mi pobre chiquito va a ver la “cara del diablo” cada vez que yo empiece a gritar como un sargento para que se apure a salir de la casa y montarse al carro. Pero no importa, sobrevivirá su infancia como todos lo hicimos.

Eso sí, prometo mandarle una lonchera chévere que antoje a los otros niños –nada de jugo de guayaba con plástico en la tapa del termo o arroz con huevo.

Como lo prometido es deuda, les voy a contar cómo encontré mi casa y mis perritos. La foto de arriba, demuestra que las matas de la puerta de la casa murieron incineradas por el sol seca-papayos de las tardes veraniegas. Antes de irme, le dejé instrucciones a mi esposo para encargarse de la rutina de la casa. Pensé en añadir “echarle agua a las matas” a la lista, pero me dí cuenta que era mucho pedir así que concedí mi derrota. Mi marido es un ejecutivo capaz de gerenciar cientos de empleados, pero fue incapaz de oir los ruegos de las pobres plantas que cruza todas las mañanas antes de subirse al carro.

La casa, como me lo esperaba, estaba en buenas condiciones gracias a la compañía de limpieza que contraté antes de irme, la cual vino dos días antes de que mi esposo viajara a Bogotá. Cuando empecé a revisar cuarto por cuarto, mi esposo me dijo en tono sobrado “¿Si ves? La cama esta tendida y no hay platos sucios ni ropa para lavar”. Solamente me llevó siete años de matrimonio pero lo logré. La sobrada soy yo; ¡por fin aprendió la lección!

Ahora los perritos… Pues alguien trituró el tapete de mi marido para hacer ejercicio cual Godzilla. Encontré pedazos de espuma que volaron por todas partes como si hubiera habido una pelea de almohadas. Mis vecinos, quienes cuidaron a Rusty y Sasha en nuestra ausencia, me mandaron un  email contándome lo sucedido durante el pasado fin de semana. Inmediatamente entendí la lección que Rusty nos quiso enseñar–porque estoy segura de que fue él, el autor de la protesta al mejor estilo de la Universidad Nacional. Como mi esposo fue el último en dejar la casa, estoy segura que Rusty pensó: “¿Cómo así? ¿Primero mi mamá y a hora usted? ¡Vamos a ver en qué va a hacer ejercicio cuando regrese!

Así que ojo, nunca le dé la espalda a las personas –o perros—que ama, pues éstos saben mejor que nadie, dónde morder para que le duela más a uno.

Gracias por leer y compartir.

Xiomara Spadafora

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