Mi Hijo no es Perfecto

Cuando mira a su hijo, ¿ha escuchado esa vocecita que dice “Él es perfecto”, y luego queda en silencio cuando los gritos que pega a todo pulmón corriendo por el corredor le deja un pito retumbando en los oídos? A mí me pasa todos los días.

Un día en la vida de un niño de cuatro años es como un día en un parque temático de Disney. El espectro de emociones oscila entre emoción y frustración a la velocidad de la luz, y mientras tanto, nosotros los papás—bueno, las mamás—sobrevivimos las 24 horas bajo la influencia de una droga llamada “puro amor”; los papás entre tanto, son sordos o inmunes a los chillidos.

Una de mis mejores amigas alguna vez me dijo sobre la maternidad: “Uno no cría los hijos para uno; uno los cría para el mundo”. El amor de una madre o un padre perdona cualquier defecto. Por esto, mi misión en la vida es enseñarle a mi hijo bondad, modales y compasión.

No puedo medir la satisfacción que siento cuando escucho a mi hijo decir “Por Favor” y “Gracias” en nuestra casa o a los extraños, especialmente cuando estas palabras están en vía de extinción de la humanidad.

No puedo evitar brillar como un aviso de neón, cuando lo veo poner el plato de la merienda de la tarde en el lavaplatos y el paquete vacío de las galletas en la basura, sin que yo tenga que decirle. Sin embargo, muchas veces se me olvida que mi hijo es solo un renacuajo de cuatro años y no un científico en busca de la cura contra el Alzheimer’s.

Por ejemplo, la semana pasada cuando lo recogí por la tarde en el jardín, me encontré a la profesora y me contó que a mi hijo le estaba costando trabajo usar las tijeras. Luego de unos minutos de conversación también me dijo gentilmente, “¿Será que puedes recomendarle a tu hijo que deje de decirle cabeza de chorlito a sus compañeros?” Quería que me tragara la tierra.

Cuando me monté al carro, respiré profundo y pensé, “Lo que me faltaba… ¡Sacó la motricidad del papá y la bocota de la mamá!

Luego, me volteé a hablar con mi diablito con la “cara de seria” puesta y le pregunté: “¿Sabes qué me acaba de decir tu profesora?”. Me contestó que sí y bajó la cabeza con cara de perrito regañado.

Le expliqué que algunos niños son sensibles y no les gustan los apodos, así sean en broma. Durante el camino a casa, mantuve mi cara de enfado para que entendiera que lo que había hecho no era de un niño bueno, pero al rato me acordé que mi marido y él se viven diciendo cabeza de chorlito todo el tiempo.

No estoy excusándolo, pero mi hijo está creciendo con un papá que quiere que sea bien machito, quien solo lo consuela si la herida sangra cuando se cae jugando, y con quien juega lucha libre y boxeo. ¡Mis dos hombres son todo menos unas nenas!

Un par de días después de mi encuentro cercano con las imperfecciones de mi hijo, encontré en su folder de regreso a casa una hoja con su nombre escrito por él mismo, casi perfecto y con un letrero escrito en rojo por la maestra que decía “Wow”. Ese mismo día en la noche, la maestra me mandó un email preguntándome si habíamos practicado con las tijeras pues había visto mucho avance.

En realidad si puse a mi hijo a practicar con las tijeras un par de veces—en contra de su voluntad por supuesto—y hablamos más sobre los apodos. Le hice entender que sus acciones siempre tendrán consecuencias, como pasó esa semana cuando perdió el privilegio de ver televisión.

La ironía de todo esto, es que los niños aprenden más rápido que los adultos. Frecuentemente tiendo a esperar resultados sin hacer el esfuerzo—como bajar una talla de ropa sin dejar de comer pan y chocolate todos los días. En conclusión, sé que mi hijo no es perfecto pero si es lo suficientemente perfecto para mí. Y lo mejor, aún está en proceso.

Gracias por leer y compartir.

Xiomara Spadafora

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