Noche de Pareja

El pasado sábado, mi esposo y yo salimos a tomarnos un trago por primera vez en casi dos meses. Inicialmente, pensábamos ir a cenar y pasar la tarde caminando por las calles adoquinadas de San Agustín, la ciudad más antigua de la Florida.

Pero a medida que el día progresó, la fatiga del corre-que-corre entre mandados de fin de semana, se nos sentó encima como un elefante y terminamos en la pizzería que queda a dos cuadras de nuestra casa.

Antes de salir, cenamos con los niños en familia una nutritiva cena–comida china a domicilio–y preparamos a mi chiquitín para dormir. Le dimos las instrucciones a la hermana mayor sobre el cuidado y las reglas de la hora para irse a dormir, y salimos huyendo de la labor de padres por un par de horas.

La ciudad en la que vivo, St Johns, es tan aburrida que según mi mamá: “Se muere un burro de tristeza“. La población predominante son familias con niños pequeños, luego las opciones de entretenimiento para adultos son muy escasas. Para completar, los pocos restaurantes que hay, cierran a las 9 de la noche dejándolo a uno más iniciado que adolescente en Mini TK.

Sin darle importancia a la atmósfera de “jardín pre-escolar”–el restaurante estaba lleno de familias con promedio de tres muchachitos gritando–mi esposo y yo encontramos un espacio de paz en el que ni los hijos ni los empleados nos estaban sacando los ojos. Tuvimos la oportunidad de hablar de los proyectos pendientes y de los negocios por culminar en el trimestre.

También, pudimos hablar de El Diablo–nuestro archi-enemigo, de quien no puedo revelar su identidad pero empieza por Ex y termina en Mujer--y su último intento desesperado para arruinarnos financieramente luego de 10 años de divorcio.

La noche iba perfecta. Hasta el “chuzo” nos sorprendió con “El Hombre Orquestra”; un solo músico que tocaba guitarra, cantaba, y controlaba un teclado electrónico con un pedal. ¡Yo escasamente puedo caminar y comer chicle! El hombre tocó varios clásicos de rock americano y hasta mi balada favorita con la que aproveché para plantarle un beso a mi marido.

Después del tercer tequila, empezamos a bostezar. ¿Qué patéticos, verdad? Pedimos la cuenta y le dimos propina al músico–a quien le brillaba la calva del sudor por el esfuerzo al puntear la guitarra–y caminamos hacia la salida de la pizzería, en donde confirmé que un hombre, al final de la barra, me estaba echando el ojo.

Cuando entramos al lugar, me di cuenta que el mismo tipo me miró, pero la verdad hoy en día yo no le pongo atención a esas cosas. ¡Ya perdí la práctica! Además, ¿a quién estoy engañando? ¡Ya casi no veo de lejos! Pero en serio, realmente creo que sentirme amada y valorada por mi esposo, me recuerda constantemente que el tesoro que tengo en casa vale su peso en oro más que El Dorado.

No me malinterpreten; me encanta que me admiren. Mi mini-ego busca atención por supuesto–por eso uso cremas antiarrugas para combatir las patas de gallina en los ojos y hago ejercicio para estar en forma. Sin embargo, andar de casquivana delante de mi marido es algo que no hago, no solo porque lo amo y lo respeto, sino porque sé que este hombre prefiere morir a ser humillado.

Mientras caminamos hacia la puerta de salida, cogidos de la mano, pude sentir la mirada de metralleta que mi esposo le dio a Don Coqueto, la cual le borró la sonrisa de pendejo. Cuando nos subimos al carro, mi esposo empezó a echar madres y yo me ataqué a reír por dos razones. Primero, se veía súper churro con los ojos brillantes de la ira, y segundo, me imaginé la escena de Rocky IV–con la banda sonora y todo–en la que Rocky (mi marido) vuelve añicos al gigante Ruso de pelo parado, Drago.

Durante el camino a casa, hablamos de lo sucedido y llegamos a una conclusión: algunas personas, hombres y mujeres, ya no conocen el significado de la palabra respeto. Yo estaba sentada al lado de mi esposo, con argolla de matrimonio, vestida decentemente y no como una vagabunda, hablándole y no bailando en un palo de striptease. ¿Es que acaso me tengo que poner un hábito de monja para dejar en claro “Este pechito ya no está en el mercado?

En fin, nuestra cita romántica me recordó cuanto me ama mi esposo todavía, y aunque lo sé, fue muy divertido verlo ponerse colorado sin terminar en la cárcel por disturbio del orden público. Mi italiano tiene un gen especial para el drama y la pasión. No existen límites cuando de defender “lo que le pertenece” se trata.

Gracias por leer y compartir.

Xiomara Spadafora

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