Una Gran Mamá

El domingo pasado mi esposo  y yo llevamos a nuestro hijo a ver la última película de Disney-Pixar, Un Gran Dinosaurio (The Good Dinosaur en inglés) la cual relata las aventuras de un brontosaurio llamado Arlo y su “mascota” humana, un niño cavernícola llamado Spot.

Me fascinó que Disney haya vuelto a producir una historia sencilla y sensible, la cual les enseña a los pequeños que la perseverancia y el trabajo arduo son necesarios para sobrepasar los obstáculos y alcanzar las metas en la vida. No les cuento más para no dañarles la película, pero eso sí, “lloré un río” como dice la canción de Maná.

Esta película me hizo reflexionar acerca de los niños y su crecimiento autónomo desde la época de las cavernas. De acuerdo con el entorno, los niños se adaptan y desarrollan las habilidades necesarias para sobrevivirlo. Luego, me imaginé como una mamá cavernícola—vestida con piel de leopardo y las greñas alborotadas—mandando tranquilamente a mi hijo a recoger huevos de T-Rex para el desayuno.

Pero los tiempos han cambiado y en lugar de darle un garrote a mi hijo para defenderse de las fieras, trato de protegerlo de todos los peligros, conocidos y desconocidos. Sin embargo, mi protección no es perfecta. Por el contrario, fui yo quien causó las lágrimas de mi hijo recientemente.

Hace tres semanas visité a mi mejor amiga que vive en Orlando y fuimos a Hollywood Studios en Disney World. Luego de disfrutar varias atracciones para niños, decidimos montar en la famosa montaña rusa Rock’n’Roller de Aerosmith presionadas por los hijos de mi amiga que tienen nueve y diez años.

Antes de hacer la fila de 50 minutos, busqué por internet la estatura mínima requerida para esa atracción y asegurarme de que mi chiquitín podía montarla. También vi varias fotos que me tranquilizaron pues el vehículo tenía piso y paredes a los lados–comparado con otras atracciones más extremas que dejan los pies y el resto de cuerpo colgando en el aire.

Llegó nuestro turno en la fila, nos montamos al carrito y apreté el arnés de mi hijo hasta donde pude. Lo que pasó después es una historia de terror. Los comentarios de Internet fueron muy específicos pero omitieron dos detalles: la montaña rusa era completamente en la oscuridad y con música estridente como la de un concierto, las cuales son las dos fobias de mi hijo. Lo único que pude hacer, fue poner mi mano sobre una de sus piernitas y escucharlo gritar y llorar desde el principio hasta el final. Estoy segura que la tortura no duró más de un minuto pero me pareció una eternidad.

Finalmente el carro se detuvo, le quité el seguro del pecho a mi muñeco y lo abracé con todas mis fuerzas. Podía sentir nuestros corazones latiendo sin control; el suyo del susto y el mío de culpa. Mientras caminábamos hacia la salida mi hijo no paraba de llorar. Desde todos los ángulos sentía las miradas de las personas como diciendo “¡Que mamá tan loca! ¿Cómo le hace eso a su propio hijo?

Cuando volvimos a Jacksonville, mi hijo me delató delante de mi esposo tan pronto entramos a la casa. Aunque no se molestó conmigo, si me dejó muy claro que si él hubiera ido al parque con nosotros, jamás lo hubiera dejado montarse. “Aunque parezca un niño de seis años, tu sabes que solo tiene cuatro”. Me sentí como una cucaracha, pero al cabo de unos días pensé, “Bueno… por lo menos ahora ya sabe qué le espera cuando monte una montaña rusa”.

Y muy pronto mi hijo lo pudo confirmar. El fin de semana anterior a la Acción de Gracias fuimos a Universal Studios de Orlando. Esta vez, mi esposo y yo revisamos las atracciones por Internet la noche anterior y dejamos que nuestro hijo escogiera en qué se quería montar. Tan pronto entramos al parque y vio la estatua gigante de Optimus sobre el edificio del simulador de 4D de los Transformers, nos arrastró corriendo.

Gracias al tipo de boleta que compramos, pudimos entrar una hora antes que el resto de los visitantes—mi esposo y yo somos personas de poca paciencia. Odiamos las filas, las chamusquinas de gente y sobre todo, los turistas insolados, con cámaras de video y de fotos colgadas en el cuello, y patas de pavo como las de Los Picapiedra en las manos.

Inevitablemente, mi pobre chiquitín gritó y lloró de miedo durante el espectacular simulador de los Auto-Bots, pero a medida que el día transcurrió, el llanto desapareció y los gritos de miedo se convirtieron en gritos de diversión. Al final del día, nos montamos por lo menos en 15 atracciones, sin incluir las que repetimos. Eso sí, en cada fila mi hijo me preguntó, “¿Mami, ésta es de las que da miedo?” y como yo soy una gran mamá le respondí, “¡No mi vida, esta es de las chéveres!

No puedo dejar de pensar en el futuro y sé que mi pequeño gigante va a crecer y a tomar sus propias decisiones, y tal como con las montañas rusas, él no va a saber si está en capacidad de manejar las consecuencias, y yo menos. La vida está llena de filas–sin pases rápidos–y cada ser humano decide solo, cuál seguir y de cuál desistir.

Gracias por leer y compartir.

Xiomara Spadafora

Volver a xiomaraspadafora.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s