Arreglatodo

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El domingo pasado mi esposo me cumplió una promesa, no sin antes echarle unas buenas puyas. El día anterior su compinche de golf nos invitó a un asado que se convirtió en un programa talk show. El bando de las esposas nos quejamos de los maridos por ser tan flojos y no hacer los arreglos pendientes de la casa, y los esposos se justificaron culpando la falta de tiempo. Al final, yo le dije al mío que iba a contratar un contratista arreglatodo.

Mi esposo es un hombre muy especial; es astuto como un zorro, pero desorganizado como un niño. Si le pido que me ayude a mover un mueble o arreglar algo en la casa, me tuerce los ojos como un adolescente. Sin embargo, cuando se empeña en algo, no hay poder humano que lo haga desistir.

Cuando llegamos a la casa por la noche, se metió a internet y buscó un escaparate de organización para colgar en el techo y guardar todos los cachivaches que estorbaban en el piso. Durante meses, me había quejado del desorden de nuestro garaje sin que él me prestara atención. Al fin y al cabo, mientras pudiera encontrar sus palos y zapatos de golf, el resto se podía llenar de mugre.

Para darles una mejor idea, nuestro garaje era como un Triángulo de las Bermudas: lo que entraba no salía. Entre los juguetes de mi hijo y las chucherías de deporte, boxeo y golf de mi marido no había espacio para caminar. Lo curioso es que, aunque soy una mujer muy ordenada, siempre y cuando pudiera parquear mi carro, no me importaba parecer una acumuladora como las de los programas de televisión.

Entonces, el domingo tempranito, nos fuimos a la ferretería a comprar el escaparate y los accesorios de organización. Llegamos a la casa y nos pusimos a trabajar. La humedad estaba endemoniada y a pesar de tener prendido un ventilador que parece la turbina de un avión, el calor era infernal.

Medimos el techo y marcamos los puntos para taladrar y poner los chazos. Pero, cuando mi esposo empezó con el primer agujero, se fue derecho por el drywall. En ese momento la impaciencia de mi marido salió a flote y agarró el taladro como una ametralladora dejando una línea de agujeros como evidencia hasta que encontró la troza de madera. Luego, al atornillar el primer chazo con el taladro, el desgraciado aparato se atascó y tuvo que apretar el tornillo a mano con una llave inglesa.

Pero haciéndole honor a la Ley de Murphy, lo que iba mal empeoró; apretó el tornillo con su fuerza herculina rompiéndolo por la mitad y dejando la cabeza trabada en la llave. En ese momento me desesperé y le dije que dejáramos todo así y devolviéramos el bendito escaparate. Sin embargo, es en los momentos difíciles que la fortaleza de espíritu y la determinación de mi marido resplandecen. “Vamos a terminar lo que empezamos”, me dijo recordando los incontables programas de remodelación que ve por televisión.

Se puso una camiseta seca, comió un sándwich para recuperar energía y dignidad y se fue a la ferretería a arreglar la llave. Al cabo de dos horas, el escaparate quedó perfectamente instalado. Guardamos todos los cachivaches y nos deleitamos con la vista del nuevo y organizado espacio.

Debo admitir una cosa, mi esposo no deja de sorprenderme. Aunque sé que los hombres tienen el gen de ser “toderos”—unos más que otros—como a mi esposo no le gusta hacer cosas en la casa, a veces pienso que simplemente no puede. Sin embargo, mis dudas motivaron la competitividad de mi marido y me ayudaron a lograr lo que yo quería: ¡caminar en el garaje sin el peligro de partirme el cuello en un resbalón!

Gracias por leer y compartir.

Xiomara Spadafora

PD: Se me ha olvidado dar un reporte del estado de nuestros peces. Han pasado dos meses y los tres plateados todavía están vivitos y coleando. El caracol si se murió la semana pasada.

Esta columna fue patrocinada por Zellner Insurance Agency. Muchas cosas en la vida no tienen seguro. Para todo lo demás, llama a Zellner (888)208-8119

2 comentarios en “Arreglatodo

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