Una semana ha pasado desde que mi hijo y yo aterrizamos en Bogotá. Además del ajuste normal al clima frío y a la altitud –mi ciudad natal está a 2,600 metros sobre el nivel del mar—hemos disfrutado de la compañía de mi mamá, mi abuelita, tíos, tías, primos y sus perritos, y de mi mejor amiga del colegio y sus hijitos. Están leyendo bien; en solo una semana ya he visto a todas estas personas.
Los colombianos somos famosos en el mundo por nuestra calidez y familiaridad. No hay necesidad de una fecha o razón especial para visitarse; cualquier día se puede convertir en una reunión familiar en cuestión de horas. Sin importar si viven cerca o al otro lado de la ciudad, nunca es tarde para tomarse un cafecito y echar chisme. Continuar leyendo «Fina Estampa»
